Ceguera de privilegio
¿Qué significaría que, ante una especie de revelación moral, le comentaras a un amigo que vives en una contradicción entre tus valores y tus actos y éste te contestara que puedes escoger entre conformarte con lo que hay o ser idealista? ¿qué escogerías?
Si eliges conformismo, lo más probable es que estés sufriendo de ceguera de privilegio. Quien esté o haya estado en una situación de vulnerabilidad o desigualdad económica o social difícilmente se negará a pensar en que puede haber una forma mejor de vivir. En cambio, aquellos que consideran que su vida es suficientemente confortable considerarán que el status quo es la situación más conveniente.
Y ¿qué entiende este sujeto como status quo? Lo más probable es que lo principal que ponga en la balanza, si no lo único, es su contexto económico. Incluso por delante de su contexto social. ¿Me va bien económicamente? ¿Dispongo de patrimonio? ¿Puedo mantener el nivel de vida que se alinea con el estatus que pretendo alcanzar o que, al menos, se acerca? ¿Tengo un trabajo razonablemente bien pagado y con buenas condiciones que me permite consolidar ese estatus? ¿Puedo comprar aquellas cosas que consolidan mi estatus o, incluso, me permiten aspirar a mejorarlo? Con eso me conformo. ¿Y quien no?
La ceguera de privilegio está astutamente alimentada por el, llamémosle, sistema aunque sea un término indefinido y manido. Lo está a través de establecer un modo de supervivencia individual, basado en una estructura de competitividad constante en todos los aspectos de la vida en la que debes proteger tus intereses a costa de los de los demás. Cada una de las cosas que consigues para obtener ese estatus del que hablaba antes es una especie de boya que te permite, a ti y solo a ti, flotar por encima de los demás y asegurarte el oxígeno de la superficie privilegiada. Y en muchas ocasiones, para obtener esa boya debes pisar la cabeza de quien está debajo, aún bajo el agua.
El ciego de privilegio rara vez sabe que lo es. O, rara vez, es capaz de reconocérselo a sí mismo, porque la ceguera de privilegio nos afecta a todos. Porque los que poseen estabilidad y/o seguridad económica no ven a los que no la poseen, o los ven y los ignoran mientras esto no les afecte a ellos, porque, además, el sistema capitalista protege a aquellos que más tienen, por lo que la desaparición de ese privilegio parece lejana e incluso imposible. Los hombres, en tanto que agraciados por los privilegios que les ofrece el patriarcado, no son capaces de ver la carencia de privilegios de sus compañeras, las servitudes del sexo femenino. Es más, en este caso, la ceguera de privilegios y lo provechoso de estos, no les permite ver las servitudes que el sistema les impone a ellos en tanto que hombres. Porque esas servitudes, a diferencia de las de las mujeres, tienen premio.
Pero las mujeres blancas, por ejemplo, también somos ciegas ante la falta de privilegios de las mujeres de países en desarrollo o del Tercer Mundo. Aspiramos a implantar nuestro propio pensamiento ante personas que, puede que por aspectos culturales, por carencias personales o, simplemente, porque no les da la gana, no quieran aceptar nuestro modelo y aspiren a crear el suyo propio, ante el que muchas veces mostramos desdén, como si no supieran lo que es el feminismo de verdad.
Afortunadamente, esta ceguera tiene cura. La tiene si somos capaces de recuperar al otro. Habiendo sido criada en una ciudad en la que el asociacionismo es una pieza clave de la construcción ciudadana, el devenir de la vida, el cambio de ciudad y de las circunstancias sociales me habían hecho olvidar la importancia de la generación de comunidad. Afortunadamente, he vuelto a encontrarlo en el trabajo social y ecológico de proximidad. He vuelto a ver al otro y a entender que forma tan parte de mí como yo misma. Que ninguno es sin el otro. Que ese solipsismo interesado y comercial al que nos empuja el sistema no me está dando, me está quitando. Me da privilegios, quizás sí, pero me quita la esencia humana. Me quita visión y percepción. Me quita la capacidad de conectar y, a través de esa conexión, establecer sistemas de apoyo mutuo en los que el privilegio de uno ayude a suplir la carencia del otro. Sin competición. Con colaboración.
No es idealismo. Es realismo. Y un ejemplo evidente de cuán realista es este posicionamiento es la capacidad de enfrentar los retos sociales y ecológicos a los que nos enfrentamos . Y, desengañémonos, sin afrontar lo social no afrontaremos lo ecológico. ¿Cómo pretendemos luchar contra el colapso acumulando privilegios y desequilibrando el ecosistema en el que vivimos? Los animales y las plantas, que estaban sobre este planeta mucho antes que nosotros, ya habían entendido que la colaboración y el equilibrio son clave para la supervivencia. Los animales solo acumulan para sobrevivir a la escasez, pero nunca por el mero hecho de acumular. Y colaboran, incluso entre especies distintas, para resolver problemas o satisfacer intereses mutuos que permiten una vida más eficaz. Si fuéramos capaces de quitarnos la venda de las expectativas, de esas promesas de bienestar ligadas al consumo, el estatus y el prestigio, nos libraríamos de esta ceguera que nos impide ver que ser idealista no está nada mal.

Deja un comentario